viernes, 26 de diciembre de 2008

A Morteira propone al Ayuntamiento de Avila la plantación de un nuevo árbol

Nuestro colectivo ha propuesto al Ayuntamiento de Ávila la plantación de un nuevo árbol que sustituya el olmo cortado en la plaza de San Vicente, dicho ejemplar estaba, hasta la fecha, incluido en el Catálogo de Especímenes Vegetales de Singular Relevancia de la comunidad autónoma, y era sin duda uno de los grandes árboles de referencia en la ciudad de Ávila. Según las diversas informaciones aparecida en prensa se está barajando la posibilidad de conservar el tronco del citado árbol, transformándolo en un monumento como recuerdo de dicho ejemplar. Este proyecto sin duda puede ser gran interés tanto para los abulenses como para los miles de visitantes que se acercan al citado templo religioso. Desde nuestro colectivo queremos hacerles llegar nuestra propuesta que no es otra que la de mantener la plaza con un nuevo árbol, ubicando el posible monumento en un lugar colindante. Este nuevo árbol a plantar, no tendrá 300 años de antigüedad, ni será robusto como su antecesor, pero tendrá la misma responsabilidad de presidir la plaza y continuar siendo testigo de la vida ciudad Ávila. . El ejemplo de Aras de los Olmos (Valencia).

lunes, 1 de diciembre de 2008

DECÁLOGO ÉTICO PARA LA VISITA Y CONSERVACIÓN DE LOS ÁRBOLES Y BOSQUES MONUMENTALES SILVESTRES

EXPERTOS ALERTAN DEL DETERIORO PROVOCADO EN TODA ESPAÑA POR LAS VISITAS INCONTROLADAS A LOS ÁRBOLES SINGULARES Las visitas masivas a los árboles monumentales se están convirtiendo en una variante del turismo verde incontrolado que ya supone un peligro para la supervivencia de muchos de estos ejemplares en toda España. Así lo han denunciado diversos especialistas en árboles y en naturaleza, reunidos en un simposio auspiciado por la Fundación Cajamadrid. A las jornadas también han asistido empresarios del emergente sector del ecoturismo, quienes han coincidido en la necesidad de que la Administración mejore la regulación actual y, sobre todo, la aplique con más eficacia y mayores medios.
Los reunidos han puesto en evidencia la falta de información que existe en la sociedad sobre los riesgos que implican las visitas masivas a estos árboles. Aún descartando las actuaciones vandálicas - como las incisiones en el tronco o el abandono de basura - incluso las visitas respetuosas pueden causar graves daños a estos ancianos. Entre los perjuicios más graves y menos conocidos está la compactación del suelo que alberga las raíces: baste pensar que un grupo de 50 personas pesa más de 3 toneladas. “El acercamiento al tronco para una acción tan popular y en apariencia tan inocua como abrazarse a él puede causar, cuando se repite una vez tras otra, daños al nacimiento de las raíces principales, heridas por las que penetran plagas y enfermedades”, afirma Bernabé Moya, quien añade que “la recogida de frutos, hojas y otros recuerdos, repetida una vez tras otra, puede llegar a suponer un debilitamiento del ejemplar, que ya de manera natural suele estar débil por su avanzada edad, a pesar de la solidez que aparenta”.
El coordinador de las jornadas, Emilio Blanco, subrayó que “es especialmente grave el riesgo de las visitas a árboles monumentales silvestres situados en parajes alejados y en el seno de bosques o bosquetes singulares de alta calidad ambiental”. Blanco denuncia que “cada vez son mas frecuentes las visitas y los viajes organizados, incluso por la Administración, a estas reliquias naturales, y cada vez son más las empresas de senderismo que organizan rutas que pasan por esto sitios y crean precedentes nada positivos para estos enclaves, que son verdaderas microrreservas aunque no estén declaradas como tales”.
En este sentido, Ignacio Abella lanzó un mensaje de alarma sobre la situación de los últimos bosques de tejos de España, afectados por la alteración de las condiciones naturales que les han permitido llegar hasta nuestros días, mientras que César-Javier Palacios alertó sobre la especial debilidad de los árboles singulares de Canarias.
Otro de los problemas señalados en el simposio ha sido el importante retraso que arrastra la normativa sobre árboles monumentales y singulares en la mayor parte de las comunidades autónomas. Incluso en las que ya han decretado algún tipo de protección, ésta suele afectar a un número muy reducido de ejemplares y tener un carácter puramente nominal, debido a la falta de medios económicos para el mantenimiento de estos monumentos vivos.
Además, y a causa de la diversidad de normas entre territorios, las protecciones en unos trasladan el problema a los vecinos, como está ocurriendo con el arranque y comercialización de olivos multicentenarios en la España mediterránea. El arranque y comercialización de ejemplares singulares afecta también a los castaños, que son talados para utilizar una pequeña parte de las raíces en la industria del automóvil, y a las palmeras, afectadas por una devastadora plaga que tiene su origen en las importaciones descontroladas y el arranque y movimiento de ejemplares para la ornamentación de urbanizaciones y campos de golf.

Las jornadas Riesgos de la divulgación ambiental y el turismo verde contaron con la participación de Emilio Blanco, etnobotánico y consultor ambiental; Mariano Sánchez, subdirector del Real Jardín Botánico de Madrid (CSIC); Ignacio Abella, escritor y naturalista; Bernabé Moya, botánico y director del Departamento de Árboles Monumentales de la Diputación de Valencia; Susana Domínguez, ingeniera forestal y responsable del proyecto Árboles, Leyendas Vivas; José Manuel Alcañiz, periodista medioambiental y filósofo; César-Javier Palacios, periodista y geógrafo; Óscar Prada, de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente y Ángel Luis Martín, gerente de la empresa de senderismo Arawak. DECÁLOGO ÉTICO PARA LA VISITA Y CONSERVACIÓN DE LOS ÁRBOLES Y BOSQUES MONUMENTALES SILVESTRES En los últimos tiempos, los árboles monumentales y bosques de especial interés están soportando una presión acentuada, a causa de la curiosidad y la creciente atención que merecen. Sin embargo, este legítimo interés pone en grave peligro a corto plazo unos seres y ecosistemas de incalculable valor que si han llegado hasta nosotros ha sido, en no pocas ocasiones, por encontrarse en lugares inaccesibles o poco conocidos. Urge regular, del modo más preciso y exigente, las visitas guiadas a estos verdaderos santuarios de la vida silvestre. La proliferación de malas prácticas en este sentido ha llevado a los abajo firmantes, personas y asociaciones comprometidas con el estudio, la gestión y conservación de estos árboles y arboledas monumentales (incluidas o no en figuras de protección oficiales) a elaborar un decálogo ético que sirva de guía para evitar la pérdida o menoscabo de este patrimonio. Hay árboles monumentales en plazas, parques e iglesias, en las cercanías de los pueblos y en otros lugares más o menos humanizados cuya visita es aconsejable (siempre que se respete escrupulosamente el entorno) y tiene un extraordinario sentido didáctico. En cambio, los árboles y bosques monumentales silvestres deberían, en nuestra opinión, salvaguardarse con las precauciones que concretamos en este decálogo. Cualquier alteración de estas pautas debería efectuarse sólo tras un estudio cuidadoso de las posibilidades y las restricciones que, en su caso, se considerasen necesarias para preservar este patrimonio arbóreo. Hemos de pensar que basta un grupo o una persona, una Administración poco escrupulosa o una actuación descuidada durante un breve lapso de tiempo para terminar con la vida de un árbol o sentenciar un bosque centenario, comprometiendo así un proceso vital que deberíamos transmitir a las generaciones futuras, quien sabe si por cientos de años aún. Además de introducir los cambios normativos necesarios, hay que exigir que las administraciones locales, autonómicas y del Estado, cumplan las leyes vigentes. Y, para ello, que establezcan los mecanismos reales de control, gestión y uso de los árboles y arboledas singulares, poniendo los medios materiales, humanos, técnicos y económicos necesarios y específicos. Así pues, los abajo firmantes proponemos: 1.- Todo árbol o bosque monumental que ha sobrepasado cierta edad – por la simple protección del olvido, el desconocimiento, la inaccesibilidad o el respeto- debería tener una consideración legal, pero antes de nada, ética, que sirviera para garantizar de forma efectiva su protección.

2.- La divulgación de la localización de árboles y bosques monumentales silvestres puede hacerlos vulnerables y los deja indefensos frente a visitas más o menos masivas y planes irresponsables de desarrollo turístico que venden este nuevo producto sin preocuparse de analizar convenientemente el estado del patrimonio y de su entorno y el grado de afectación al que se le somete. Se recomienda especialmente no publicitar localizaciones GPS, itinerarios o indicaciones demasiado exactas.

3.- Cuando, a efectos de la declaración bajo una figura de protección determinada o por cualquier otro motivo, se produzca la divulgación de la situación exacta de estos árboles, deberán establecerse previamente las condiciones oportunas de visita. Si no ha sido así, convendría acentuar de forma inmediata la vigilancia y restringir -si fuera necesario- el número de visitas al ejemplar y su entorno como forma de minimizar en lo posible los efectos que pudiera acarrear el aumento de la presión.

4.- En ningún caso, empresas privadas con fines comerciales u organizaciones de cualquier tipo deberían publicitar y vender este patrimonio al margen de una estricta regulación que sería imprescindible para conservar este legado. Tampoco deberían favorecerse ni anunciarse las visitas en grupo.

5.- Pese a la apariencia de seres invulnerables e irreductibles que puedan tener estos árboles y bosques, pueden resultar extraordinariamente frágiles y sensibles a los cambios repentinos en su entorno, a las agresiones a su sistema radicular e incluso a las visitas que trepan, pisan reiteradamente las raíces del cuello y causan así daños graves por descortezamiento y apelmazamiento del terreno, sin hablar ya de actos directamente vandálicos como las marcas en la corteza o el abandono de desperdicios.

6.- Es importante, si se asume la responsabilidad de acercarse a conocer estos árboles o bosques excepcionales, hacerlo en solitario o en un grupo reducido, además de contar con el conocimiento de la Administración responsable y la autorización del propietario.

7.- En cualquier caso, las visitas a estos lugares deberían hacerse a pie, evitando por completo el acercamiento en vehículos motorizados, que distorsionan el entorno y banalizan la propia percepción del valor de estos árboles y ecosistemas.

8.- La construcción y adecuación de senderos o pistas de acceso, incluso bajo el lema del ecoturismo, puede acarrear a corto o medio plazo la pérdida o deterioro del patrimonio que se pretende explotar, además de alterar drásticamente la estética y el equilibrio del ecosistema.

9.- Debería prohibirse expresamente la recolección de material vegetal y de cualquier elemento del árbol y del entorno, incluida tierra, madera caída o materia orgánica del interior de los troncos en descomposición. En este sentido, es de difícil justificación la perforación de estos árboles con barrenas Pressler para determinar su edad.

10.- La regla de oro, en todo caso, ha de ser no dejar huella. Estos lugares y sus inmediaciones, idealmente, tendrían que encontrarse incluso libres de indicadores, marcas o carteles que desvirtúan el paisaje y resultan de dudoso gusto. A MORTEIRA ASOCIACIÓN DE AMIGOS DEL TEJO ARBA (Asociación para la Recuperación del Bosque Autóctono). ASOCIACIÓN EREBA, ECOLOGÍA Y PATRIMONIO COA (Coordinadora Ornitológica de Asturies) ECOLOGISTAS EN ACCIÓN DE TOLEDO GREEN (Grupo de Recuperación y Estudio de Espacios Naturales) PLATAFORMA PARA LA DEFENSA DE LA CORDILLERA CANTÁBRICA SECA (Sociedad de Estudios Culturales y Ambientales) TREPA (Trabajadores Especializados en Poda y Arboricultura)

Este decálogo tiene como objetivo ser asumido por personas individuales, asociaciones, grupos de montaña y excursionismos, empresas de senderismo, y ecoturismo y turismo rural, así como por los ayuntamientos, gobiernos autonómicos y el propio Ministerio

reflexiones sobre la gestión de los árboles monumentales

EL ROBLÓN Por Andrés Revilla Onrubia Conclusiones sobre las jornadas de árboles notables. Casa Encendida, 19 y 20 de noviembre de 2008

El árbol del prado del Tío Amalio no crecía nunca. Ya era igual de grueso cuando mi padre nació, y era igual cuando nació su padre y el padre de su padre. Siempre había estado ahí. Gigante entre prados de siega. Tampoco es que sepamos quién era el Tío Amalio. Dicen unos que fue un pastor que sesteaba allí en verano hasta que un día apareció muerto y agarrado al árbol. Otros dicen que fue un joven viudo que emigró a América antes de la Guerra de Cuba y que enterró bajo el árbol las cenizas de su mujer. No importa demasiado. En realidad ese árbol es de todos nosotros. Es nuestro carballo. El alma de nuestros antepasados seguro que duerme entre sus ramas. Un día llegaron tres señores muy serios y sin pedir permiso a Aquilino, el dueño de la finca, llegaron hasta el árbol, le hicieron fotos, le midieron con una cinta muy larga y hasta le taladraron el tronco con un barreno muy fino. Parecían señores importantes porque estaban tan concentrados en lo que hacían que no se percataron de que Antoñito se coló entre ellos para observarles. Llegó corriendo hasta la tasca de Frascuelo y nos contó lo que vio: uno de ellos tomaba medidas al tronco. Si hubiesen preguntado sabrían que mide 8 varas de circunferencia y por lo menos 20 varas de alto. Otro sacó su barrena y le taladró sacándole un cacho de madera que metieron en una caja. Apostaban sobre su edad. Uno dijo que debía tener al menos 400 años y otro dijo que pasaría de 500. No saben que aquel árbol no crecía desde hacía muchos años, que estaba siempre igual. Se había congelado en el tiempo y debía ser por lo menos de cuando los moros. Tal como llegaron se fueron y no volvieron a aparecer. Nosotros seguimos con nuestra vida tranquila. Dos veces subíamos al árbol todos los años. Una en la montanera para que los cerdos se comiesen las bellotas. Luego venían los jabalíes y se comían las pocas que dejaban. Además le escarbaban todas las raíces con el morro y se comían todo tipo de gusanos. Los que más les gustaban eran unos gordos y blancos que vivían siempre cerca del tronco y se hacían un nido como de barro de donde luego salían los ciervos volantes. La otra vez subíamos en primavera a celebrar allí la romería del San Isidro. Qué fresquito se estaba en su sombra. Debieron pasar por lo menos cinco años desde aquella visita. Volvió uno de aquellos tipos y con él venía un nutrido grupo de gente forastera. Los llevó hasta el árbol como si fuese suyo de toda la vida. Les contó un montón de mentiras: les dijo que se llamaba Kercus robur o algo parecido, que tenía 525 años y que lo habían declarado protegido. ¿Protegido de quién? Unos pocos de los que venían con él pasaron a la tasca y se enfadaron porque el vino que les puso Frascuelo estaba picado. El pobre Frascuelo no se lo podían creer. Encima se fueron sin pagar y le amenazaron con denunciarle por vender vino sin registro sanitario. Desde luego que aquellos forasteros estaban todos locos. Al siguiente domingo llegó el mismo tipo con un autobús lleno. Esta vez se fueron directos hasta el árbol y metieron el autobús por mitad de la cañada justo cuando Avelino volvía con las vacas. Una señora muy puesta le increpó porque una vaca casi la cornea. ¡Pero si las vacas de Avelino son como corderos! Se fueron al árbol, se subieron encima, le hicieron más fotos e incluso hubo uno que cortó una rama para recuerdo. Menos mal que los demás no lo vieron. Esta vez no fueron a la tasca porque el tipo aquél que los llevaba les dijo que no era “higiénica”. Se hicieron una merienda bajo el árbol y se marcharon corriendo. Cuando subió Antoñito bajó corriendo a pedir ayuda. Habían dejado toda su basura en un montón y las vacas estaban rompiendo las bolsas. Esa noche vino el veterinario porque a la rubia de Avelino se le había quedado atascada una bolsa en mitad de la garganta. Por poco se muere el pobre animal. Pasó todo el invierno y allí no volvió nadie. Nosotros estuvimos cuidando al árbol porque empezó a tirar la hoja antes de su fecha. Avelino le echó un montón de basura de las cuadras y le untó las heridas del tronco con barro y un poco de carbón. A la siguiente primavera llegó un tipo nuevo. Venía con uno que parecía su ayudante. Abrieron el todoterreno y sacaron una motosierra. ¡Ay Dios! Iban a cortar el árbol. Nos faltó tiempo a todos los del pueblo para juntarnos y llegar allí con lo primero que pudimos: palos, hoces, horquillos, piedras,…¡Hasta el sacristán vino como uno más! Los de la motosierra se quedaron petrificados. Uno de ellos sacó de su bolsillo un móvil de esos para hablar en el campo, pero se enfureció porque no tenía “cobertura”. Se subieron al todoterreno y desaparecieron. Esa tarde hubo fiesta en la tasca: ¡Habíamos salvado a nuestro árbol! Decidimos que los más chicos montaran guardia todos los días. Pero pasaron tres meses y allí no volvió nadie. Así que dejamos la vigía. Estábamos en la tasca echando un dominó cuando entró el tipo de la barrena y con él venía un guardabosques de otra comarca, o al menos eso debía ser porque nadie le conocía. Nos dijo que el Kercus tal había sido declarado árbol protegido y singular, que tenían un plan de manejo y que quedaba prohibido cortar ramas, recoger bellotas, apacentar los cerdos y no sé cuántas cosas más. Que podía venir un alguacil y sancionarnos con una multa. Justo dos días después este tipo tan arrogante apareció por allí con una cuadrilla y le pusieron al árbol un cartel y una cerca todo alrededor. Antoñito nos lleyó el cartel a todos: “El Roblón (Quercus robur). Edad estimada 525 años. Alto tanto, perímetro de tronco tanto. Estado de la copa bueno, estado del fuste bueno. Tradiciones, no se conocen. Prohibido pisar el tronco, prohibido pisar sus raíces, prohibido..bla, bla, bla” ¡El Roblón! Pero si es El Carballo del tío Amalio. Estuvimos todos en la tasca pensando qué hacer. Pero no se nos ocurrió nada. Aquella noche no dormimos. Desde entonces todos los sábados y domingos venía gente a ver el árbol. Unos en su coche entrando por el prado hasta el mismo árbol. Otros, pocos, andando desde la carretera. Unos en grandes grupos que bajaban de modernos autobuses. Al acabar el verano el prado estaba todo seco y agrietado y las vacas no podían pastar en él. Aquél otoño el Carballo dio pocas bellotas y se quedó muy pronto sin hojas. Las ramas más altas no brotaron en primavera. Todo siguió así durante diez años. En verano un forastero montaba un puesto ambulante y vendía bebidas, bocadillos y artesanía local que nosotros no conocíamos ni usábamos. La primavera del año once nuestro árbol sólo brotó en media copa. La rama que formaba la otra mitad se había secado y estaba llena de hongos y agujeros del ciervo volante. Hacía diez años que los jabalíes no se comían a sus gusanos, ni le aventaban la tierra, ni Avelino le echaba basura de sus vacas. Todo eso estaba prohibido para salvar al árbol. Llegó el de la motosierra y nos dijo que le iba a hacer la cirugía arbórea. Esta vez le dejamos hacer. Le cortó toda la rama muerta y a la viva le hizo un “equilibrado” para compensar la copa. O algo así nos dijo. No le valió de nada. A los 55 años de aquella primera visita nuestro Carballo murió en silencio. Ya hacía varios años que nadie venía a verlo. Solo Avelino le seguía alimentando. Cuando el pobre hombre murió nos pidió enterrarlo bajo el árbol. El suelo estaba lleno de gusanos blancos. Quitamos las vallas. Quitamos el cartel. Cavamos el prado. Cortamos el pobre tronco de nuestro árbol y repartimos su vetusta leña entre las casas del pueblo. Plantamos uno nuevo y decidimos que nunca tendría nombre. No queríamos que nadie lo conociera. Sólo nosotros, los del pueblo. Sería nuestro secreto. Todos pusimos el alma en aquello. Nuestro árbol crece ahora en un pueblo sin nombre, en un prado sin nombre, sin caminos, sin señas. Solo es nuestro y de nuestros hijos y de los hijos de sus hijos. Antoñito, 86 años. Montañas del norte.